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Catherine de Saint-Augustin, cofundadora de la Iglesia canadiense

La obra hospitalaria contaba ya nueve años cuando Marie-Catherine de Saint-Augustin se unió a las filas de las pioneras. Ella tenía, entonces, 16 años. Su entrega inagotable a la comunidad  duró veinte años. Ella  fallece el 8 de mayo de 1668, en la fama de santidad, su vida, completamente sencilla, escondía un alma colmada de gracias extraordinarias. Su muerte fue lamentada por toda la población de Québec. La contamos entre los fundadores de la Iglesia canadiense.

Aquellos que la han conocido de cerca afirman que ella era serena, abierta a todos, sembradora de  alegría y que en ella se manifestaba una mujer fuerte que miraba la vida de frente y sin miedo.  Sentido crítico, firmeza y ternura se armonizaban en su ser para componer una personalidad entrañable y plena de recursos. De modo que le fueron confiados cargos importantes: la administración de recursos, la responsabilidad de los enfermos y del personal sanitario, la formación de las novicias.

En este país, ella se brindó totalmente, jugando un papel de primer plano. Ella apreciaba el  Canadá con todas las fuerzas de su ser. El  canónigo Groulx afirma: «Ciertamente, todas las grandes almas de su tiempo en la colonia, todos los fundadores de la Iglesia en la Nueva Francia dieron sus vidas por el país de adopción. Pero, nadie como la hospitalaria de Québec, ha llevado  en su espíritu, el pensamiento totalmente dedicado al Canadá, ha ofrecido más amorosamente sus  plegarias y sus labores, nadie se consagró más, unida por lazos tan solemnes». Ya, en el momento de partir de Francia, ella había hecho un voto de morir en tierra canadiense si Dios lo quería así. Y cuando los Iroquois amenazan con exterminar la colonia, ella renueva este voto precisando que, aunque todas las religiosas regresaran a Francia, ella querría quedarse sola en Canadá para servir a los pobres y a los enfermos del país.

Catherine de Saint-Augustin es considerada cofundadora de la Iglesia canadiense, ella se presenta como una mujer de nuestro país, una heroína de la caridad, perteneciendo a nuestro patrimonio de santidad, si podemos expresarlo de esta manera. Ella es reconocida «Venerable» por Roma el 9  de marzo de 1984 y el Santo Padre Juan Pablo II la proclamó «Beata» el 23 de abril de 1989.