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Alabanza e intercesión

La segunda dimensión de la espiritualidad agustiniana es aquella de la participación en el sacerdocio de Cristo para rendir a Dios un culto de alabanza  por la plegaria litúrgica y contemplativa. La misa es la cumbre de la jornada de las Agustinas y tres veces por día se reúnen en el coro, para la Plegaria del tiempo presente.

Religiosa consagrada a Dios en una Orden canónica, la Agustina por su propia naturaleza, es una celebrante, especialmente por sus fiestas litúrgicas y sus fiestas familiares. La alegría tiene sus espacios necesarios para resplandecer en alabanza a Dios y en vibraciones de alegría en las ocaciones de un compartir fraternal.

La Comunidad tiene el deber de celebrar el oficio divino en coro: es un mandato que le ha sido confiado por la Iglesia y es una responsabilidad de Pueblo en marcha hacia el Reino.

Cuando la Agustina realiza el «culto de la Alabanza», es la voz de Jesús que clama hacia su  Padre el grito de los hombres de la tierra.

Con Cristo, la Agustina ofrece a Dios el mundo, llevando a la humanidad con ella en la plegaria a  fin de que todos estén reunidos en la unidad.

«Cuándo ustedes se vuelven hacia Dios,¿ vienen con aquellos a quienes Él les ha ofrecido para amar?. Si la humanidad está presente en vuestro amor, Dios está allí» (San Agustín).

La acción creadora de Dios salvador y redentor está en acción en el corazón de los hermanos y hermanas cuando en su nombre, la Agustina habla a Dios.

El carácter sacerdotal que es conferido en el Bautismo y del cual la Agustina toma particularmente conciencia por su consagración religiosa en una Orden Canónica, la habilita para participar en la misión de Cristo, Mediador entre Dios y los hombres.

Cuando la Agustina considera el poder de intercesión de Marie-Catherine de Saint-Augustin, ella cree aún más en su misión sacerdotal para la salvación de su pueblo y del mundo entero.

Cada día, además de celebrar las alabanzas del Señor, la Agustina vive una relación personal con Dios. Su vida en Dios se nutre de sacramentos, particularmente la Eucaristía, lugar privilegiado de la construcción de la Comunidad. En la ofrenda a Jesús, la plegaria se transforma en el principio de un aumento de la caridad que unifica la persona e intensifica el vínculo entre los miembros de la Comunidad.

«Nuestro oficio es recoger las gotas de la Preciosa Sangre de Jesucristo y aplicarlas a través de nuestros pequeños trabajos cotidianos  para la salvación de las almas por la cual ha sido derramada» ( Constitutions, Traité IV, Cap I).