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NUESTROS ORÍGENES

NUESTROS ORÍGENES

La Nueva Francia, ese gran país todavía sin desarrollar pero desbordante de riquezas naturales, atrae sobre todo a comerciantes que explotan los recursos marinos, la fauna y los bosques.

Algunas tentativas de colonización sin futuro habían precedido al establecimiento de Champlain,
en 1608, en Québec. Treinta años más tarde, la colonia cuenta ya con una centena de habitantes.

En Francia
Pero, ¿cómo explicar que unas religiosas abandonen su país con vistas a fundar un hospital en esa colonia lejana, habitada sobre todo por pueblos aborígenes y paganos?

En Francia, el Concilio de Trento y la Contrareforma habían sido el origen de un poderoso movimiento misionero que el  rey finalmente ratificó. La obra misionera, a partir de entonces,
sería presentada junto a los emprendimientos políticos de la metrópoli.

El  esfuerzo de evangelización emprendido por los Jesuitas en Canadá, en 1625, pronto desborda
sus medios de acción; ellos se dan cuenta rápidamente. Es así que difícilmente pueden ocuparse de la educación de las jovencitas y de las mujeres y del cuidado de los enfermos. Estas obras de misericordia son confiadas, tradicionalmente, a las mujeres.

En los relatos que envían a Francia, los Jesuitas invocan decididamente y con insistencia, estas necesidades urgentes, con la esperanza de movilizar algunas «jóvenes seculares» valientes y resueltas ante la tarea a realizar. Estos llamados, sostenidos por los habitantes más prominentes  de la colonia, terminan  siendo escuchados. Pero, con la mayor sorpresa de los promotores:¡es la Francia monástica que responde!

Después de muchas gestiones, el proyecto de un Hôtel-Dieu u Hospital toma cuerpo. La duquesa de Aiguillon, siempre dispuesta a apoyar las obras de beneficencia que le presentan, se compromete a suministrar los fondos necesarios para el establecimiento de dicho hospital. Segura de que las Agustinas hospitalarias de Dieppe aceptarían la misión, ella les confía la administración de esta casa tan deseada. Ella presenta, entoces, el contrato de fundación el 16 de agosto de 1637. El 16 de abril de 1639, Luis XIII ratifica el contrato y funda por carta real,
l’ Hôtel-Dieu du Précieux-Sang (Hospital de la Preciosa Sangre), primer hospital en América al  norte de México.

En ruta
Es el 4 de mayo de 1639, a bordo del  Saint-Joseph, que las fundadoras parten de Francia hacia su  nueva patria.

Es una aventura heróica afrontar los peligros del mar con este pequeño navío: el largo viaje, los arrecifes, los piratas, los bloques de hielo flotantes o icebergs. Y ¿qué decir de la higiene? Las enfermedades infecciosas hacen su aparición durante la mayoría de las travesías. ¡Lo que ocurre
también esta vez!

Tras un viaje de tres meses, durante el cual el pequeño navío por poco no perece varias veces, ellas llegan a la tierra de Québec en la bella mañana del primero de agosto de 1639.

Tres Ursulinas, entre las cuales la Madre Marie de l’ Incarnation, acompañada de la señora de la  Peltrie, su benefactora, tres servidoras, sin olvidar diez Jesuitas y algunas otras personas desembarcan ese mismo día. Es el júbilo general.

El  Señor de Montmargny, por entonces gobernador de la Nueva Francia, los acoge con todos los honores. Los acentos del TE DEUM y  las salvas de artillería proclaman con entusiasmo la alegría del  «pequeño paraíso» que los espera.

Los primeros tiempos
Con pena y miseria, las tres Agustinas organizan su vida y se compromenten intrépidamente con la tarea. Los enfermos, tanto aborígenes como franceses se benefician de su devoción. Desde el  primer invierno, el frío y el hambre las acosan. Una epidemia de viruela estalla y toma una dimensión alarmante, aún más, cuando los aborígenes, desconociendo la enfermedad, ignoran las precauciones a tomar para evitar el contagio. Las provisiones de vendas y apósitos se agotan y ellas se ven obligadas a utilizar sus propias prendas de vestir para cubrir las llagas: ¡hasta sus tocas!

Día y noche en la brecha, la salud de las Agustinas se debilita. Ellas pagan el tributo de la enfermedad, pero su dedicación a la obra no mengua. Algunas personas solidarias las ayudan en  estos terribles momentos y hasta los padres Jesuitas aportan su socorro para asistir a los pobres desdichados.

Los aborígenes aprecian de gran manera la labor de las religiosas y el interés de las mismas por aprender su lengua para poder servirles mejor. Encontramos numerosos testimonios del papel
jugado por las Hospitalarias; una de ellas Geneviève Shannudharoi tomó los hábitos religiosos en  1647 y murió poco después de haber pronunciado sus votos.